El 18 de septiembre de 2014 estrenamos, junto con Estudio SIGIL comunicación & sociedad, un documental llamado Las Aspas del Molino (www.facebook.com/LasAspasDelMolino), en el cine Gaumont, frente a la Plaza del Congreso en la Ciudad de Buenos Aires. Este documental fue financiado por el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales de la República Argentina, una entidad estatal, luego de haber concursado a un subsidio para documentales digitales. Aquel día, luego de 4 años de haber sido beneficiados con este reconocimiento, mostrábamos con mucha alegría el fruto de nuestro trabajo en una sala comercial de cine. Como realizador chileno formado en la Argentina (país en donde residí desde el año 2006 hasta el 2013), quiero compartir lo que significó para mí esa experiencia, ya que quizás puede ser de cierto interés para otros realizadores (sobre todo chilenos), conocer el modelo de financiamiento al cine que existe en Argentina, muy distinto al chileno. Creo que esta experiencia puede contribuir a la discusión de cómo queremos que en Chile se fomente la producción audiovisual, y cuánto camino aún nos falta por recorrer para considerarnos una industria (si realmente queremos considerarnos como tal).

        El Instituto Argentino de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) cuenta con varias líneas de subsidios que se van actualizando con los años. Ya que cambian con cierta frecuencia, no ahondaré en las características de cada subsidio. En lo que sí me interesa reparar es en la modalidad de elegir los proyectos (o cómo se elegían en el año 2010, que fue cuando postulamos). La primera etapa correspondía al Desarrollo de Proyecto, a la que se postulaba entregando una carpeta que incluía una sinopsis y un par de detalles más del proyecto a postular. La línea de subsidios para documentales es la más “barata”, ya que generalmente una producción documental suele necesitar menos recursos que una ficción (esto es relativo, pero corresponde a otra discusión). Nosotros presentamos un proyecto para hacer un documental acerca de un edificio abandonado en el que yo había logrado arrendar un departamento. Este edifico es donde se encuentra la antigua Confitería del Molino, ubicada frente al Congreso de la Nación Argentina, en una esquina que cualquier persona que vive en Buenos Aires conoce. Yo ya llevaba un tiempo con la idea de hacer algo con mi experiencia viviendo ahí, ya que casi todos en la ciudad pensaban que ese edificio estaba abandonado y nadie conocía los espacios que se habitaban, pero no tenía muy claro qué hacer. Por eso me reuní con mis amigos de SIGIL, quienes ya habían ganado una financiación en el INCAA para hacer el documental El Almafuerte, por ende ya conocían el modus operandi. Ellos me dieron una mano armando las carpetas y discutiendo conmigo la idea. Afortunadamente ganamos ese primer minisubsidio (alrededor de 6.000 pesos argentino en esa época, unos 700.000 pesos chilenos), y nos aventuramos a armar un guion mucho más elaborado y a construir la carpeta que requería el INCAA para el subsidio del documental. A diferencia de otros realizadores, yo no tenía idea de cómo iba a contar mi historia, ni qué elementos de mi historia podían ser interesantes, ya que no quería hacer una película historiográfica acerca del edificio. Además, era la primera película que dirigía en mi vida. Quería contar una historia un poco más intima, que se fue desarrollando a medida que íbamos avanzando y que no apareció hasta el último día del montaje del documental. Obviamente armamos un guion, pero no creo que nadie que haya producido o dirigido un documental considere al guion como una pauta rígida y exacta para salir a capturar una realidad que cambia a cada rato. Pero, evidentemente, necesitábamos darle seriedad a nuestro proyecto. Lo más interesante fue que el proyecto estuvo constantemente expuesto a fuertes críticas, sobre todo una vez entregado al INCAA, proceso que indudablemente contribuyó a aclarar la línea dramática del trabajo. Y lo más interesante es que este proceso tuvo una fuerte participación del mismísimo jurado del INCAA, y esta es la característica que más me llamó la atención del modo de evaluación que se practicaba en el Instituto.

                                                  las aspas del molino_postal frente

        En el año 2010 (aclaro, porque entiendo que hoy, 2015, lamentablemente funciona de otra manera; ya volveremos sobre este tema), el jurado que evaluaba los proyectos estaba constituido por seis jueces, que representaban a cada una de las asociaciones de cine documental de la Argentina (a saber: Asociación de Directores y Productores de Cine Documental Independiente de Argentina (ADN), DIC; Asociación de Documentalistas Argentinos (DOCA); Directores Argentinos Cinematográficos (DAC); Proyecto de Cine Independiente (PCI); y, Realizadores Integrales de Cine Documental (RDI)). Los proyectos debían pasar por una primera fase de evaluación en donde eran votados. Como puede suceder en un jurado con número par de miembros, nuestro proyecto salió empatado 3 a 3, por lo que fuimos llamados a una instancia conocida como “pitching”. Esta instancia correspondía a una charla con el jurado, quienes exhibían sus dudas acerca del proyecto y opinaban respecto de qué cosas podían mejorarse. Esto es lo que me resultó sumamente interesante, ya que el jurado participaba de la construcción del proyecto. Era una evaluación que se transformaba en un trabajo colaborativo, no solo un sí o no respecto de un proyecto que evidentemente se encontraba en desarrollo. Me llama la atención porque, al menos en Chile, las modalidades de evaluación de proyectos audiovisuales, como por ejemplo el FONDART, no cuentan con una instancia así. Las postulaciones se hacen por internet y luego de un par de meses, al consultar los resultados en la web te enteras si tu proyecto salió o no. Listo. Lo que sucedía en el INCAA era que el mismo jurado se involucraba en tu proyecto y te ayudaba a sacarlo adelante.

        En aquella ocasión, el jurado falló que debíamos reescribir ciertas partes del guion, aclarando ciertos detalles de la línea dramática que proponíamos, y teníamos un plazo de noventa días para esa nueva entrega. Después de que entregamos esa nueva versión, que fue evaluada en la última reunión del jurado de ese año, el proyecto salió rechazado. Sí. Rechazado. No les había gustado la reescritura y el proyecto no sería subvencionado. Es gracioso que todo lo que me había gustado anteriormente respecto de las críticas del jurado no había tenido buenos resultados, pero aun así sigo pensando que esa modalidad de evaluación es admirable.

        Pero como el jurado era rotativo, los miembros de la comisión evaluadora del siguiente año no serían los mismos, ya que se le exigía a las asociaciones que cambiaran sus representantes cada año, por lo que la misma semana que fue rechazado nuestro proyecto volvimos a presentar la carpeta original, anterior a la corrección del “pitching”, y la subvención fue aprobada en la primera evaluación del año 2011, con 4 votos contra 2. Y arrancó el rodaje de Las Aspas del Molino.

        Quizás este proceso parezca algo enredado, pero a mí me hizo mucho sentido. Además de lo interesante de la modalidad de evaluación con un jurado activo en las decisiones dentro del proyecto, puedo decir que conocí todas las fases de evaluación que existían en ese año en el INCAA, incluyendo el rechazo.

        La verdad es que nos demoramos más de la cuenta en terminar el documental, sobre todo porque el proceso de ir aclarando mis ideas me fue muy difícil. El dinero que nos subvencionó el INCAA fueron 140.000 pesos argentinos, algo así como 16 millones de pesos chilenos en esa época, que eran entregados en cinco cuotas, liberadas a medida que el rodaje avanzaba. Alcanzaba perfectamente para pagarle a todo el equipo técnico y financiar 1 año de trabajo, entre rodaje y posproducción. Pero entre los trabajos que cada uno teníamos por nuestro lado y la cuota de indecisión que yo aportaba por mi parte, creo que el trabajo se alargó y se salió un poco del presupuesto. Aun así lo terminamos y lo estrenamos, y lo que sucedió después fue lo mejor que me ha pasado en el ámbito profesional.

       En el 2014, yo ya había vuelto a Chile con mi pareja para tener a nuestro hijo. Llevaba fuera de Buenos Aires ya un año y volví 10 días para estar presente en el estreno de la película, y para asistir a un par de reuniones con periodistas que querían entrevistarme. “ENTREVISTARME”… esa era una palabra que yo solía usar en el otro sentido. La entrevista era algo que yo le hacía a la gente, y que por primera vez me hacían a mí. Los días antes de mi viaje debo haber respondido unas cinco entrevistas de sitios de cine en internet y de un par de diarios, y durante los días que estuve en Buenos Aires seguí respondiendo entrevistas telefónicas a radios, invitaciones a radios, entrevistas en video para sitios de internet, entrevistas por Skype. Tuvimos críticas positivas en diarios grandes como Clarín y la Nación; Página 12 nos hizo una nota a página completa. La sala de cine Gaumont el día del estreno estuvo casi llena. Y de pronto caí en lo que estaba sucediendo. Mi documental era una producción mínima. La línea más barata de subvenciones del INCAA, un documental con muy poca proyección y de bajo presupuesto, pero ¡ESTÁBAMOS EN BUENOS AIRES! Si en algo se caracteriza Buenos Aires es que tiene circuito para todo. Si te gusta el cine, hay un circuito. Si te gusta el teatro, hay un circuito enorme. Si te gusta coleccionar estampillas postales, autitos miniatura, boletos de colectivo, envoltorios de alfajores, latas de cerveza, etc., “tenés” un circuito. El circuito cultural en Buenos Aires no necesita de grandes financiamientos para existir. Las entrevistas pueden ser desde la radio de la Biblioteca del Congreso −un edificio nuevo bien equipado−, hasta una pequeña radio que funciona en un departamento. Páginas web de los diarios hasta páginas independientes que administran fanáticos del cine. Y lo hacen por eso, porque les gusta el cine. Y la gente los lee y los escucha, porque hay un circuito. Y ese circuito te puede hacer sentir que eres Francis Ford Coppola por 2 minutos, aunque hayas hecho un documental minúsculo del que nadie se va acordar al otro día. Los argentinos quieren participar de la producción local, hablar de ella, criticarla, devastarla y enaltecerla, y discutir entre ellos fervorosamente. Están siempre atentos a lo que aparece en su circuito local, y lo habitan, porque su interés tiene siempre una oferta. Y no es inalcanzable, porque no lo hace solo una elite.

        Al haber sido financiado por el Estado a través del INCAA, el documental podía ser exhibido en cualquiera de las salas del INCAA. (Sí. En Argentina, el Estado tiene salas de cine, y parte del dinero que se paga por entrada va al INCAA, y luego a producciones como la que yo gané), y mi documental fue exhibido en Mar del Plata, Salta y Mendoza. Probablemente no fue nadie a verlo, pero no importa. El Estado te financia la película y luego te garantiza la difusión. Y también por TV, ya que en la TV digital abierta (que en Argentina existe ya hace un tiempo), el INCAA tiene un canal de TV que pasó mi documental en el mes de agosto de 2015. Y de nuevo, mi documental era una microproducción, y aun así tuvo un lugar de difusión.

        Ahora tendría que entrar en escena el productor ejecutivo que dice: ¿Y dónde está el negocio, si no va nadie a ver tu película? Esta es una reflexión brillante, ya que todos sabemos que el cine necesita financiamiento para existir, y que ese financiamiento sale de gente o entidades que pagan para que el cine exista, ya sean fundaciones, el Estado, un banco, un canal de televisión, quienes luego van a vender esa película a los espectadores, y pretenden recaudar mucho más de lo que invirtieron en la película. Entonces, evidentemente el INCAA tendría que producir contenidos para venderlos después. Pueden ser muchas las razones de por qué el INCAA pone plata para producir documentales que nadie ve, pero como yo no trabajo en el Estado no puedo decirles las razones exactas de por qué lo hace. Pero como viví allá bastante tiempo, puedo decirles las que creo que son las razones. El INCAA responde al Estado, por ende a un proyecto político. Si tengo que ponerme a explicar acá el proyecto político Kirnshnerista o Peronista este texto se va a alargar ridículamente, pero sí es importante aclarar que ambos son proyectos políticos que remarcan la presencia del Estado en las decisiones nacionales. El Estado en Argentina tiene mucha presencia, sobre todo en los medios. El INCAA contribuye a darle al Estado una imagen. Una imagen argentina, con la que el ciudadano argentino se identifique, y con la que la comunidad internacional asocie al cine producido en la Argentina. De hecho, contribuye a darle visibilidad al cine argentino en el mundo. Esto acompañado de canales en la TV digital abierta (entre estos está el canal del Ministerio de Educación, llamado Canal Encuentro, con contenidos de primera categoría y hechos en su mayoría en la Argentina), y una señal en la TV abierta, Canal 7, que es el canal estatal. Entonces, el INCAA construye la imagen del cine argentino, hecho por argentinos y con temas argentinos. Finalmente, en lo que invierte es en identidad, y si eso al ciudadano argentino lo convence y lo tiene contento, lo identifica: la inversión se transforma en capital político, y se proyecta a la producción nacional (estatal) en el mercado internacional.

        Lamentablemente, hoy en día ciertos elementos del proceso de evaluación de proyectos documentales han cambiado y ahora, en lugar de designar representantes de las asociaciones de cine para evaluar los proyectos, el INCAA designa a sus propios funcionarios para que lo hagan. Puede ser que funcione bien, y no tengo derecho a cuestionarlo, pero digo lamentablemente porque creo que la manera anterior apuntaba a democratizar y acompañar los procesos creativos entre los propios realizadores, con el Estado acompañando estas decisiones, y no al revés.

        Y, por ultimo debo reconocer que como realizador chileno envidio sanamente a los argentinos por tener un ente estatal que promueva la realización local, aunque se hagan muchas películas y no todas se vean. Solo desde el 2008 al 2012 se evaluaron 1200 proyectos, se produjeron más de 300 documentales, y durante el 2012 los 50 proyectos aprobados insumieron el 5% del presupuesto total del INCAA (fuente: indymedia argentina). Porque con la práctica se llega a la calidad, con una o dos películas buenas de 20, creo que ya hay un avance. Lo importante es dar oportunidades a quienes circulan los circuitos.

*Para más información acerca del documental, revisen www.facebook.com/LasAspasDelMolino

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